Los nuevos 'nazarenos' en los oficios de toda la vida

Los nuevos 'nazarenos' en los oficios de toda la vida

Hay oficios que se puede decir que forman parte del ADN de Dos Hermanas -y de toda la provincia de Sevilla- y que son muy de la tierra. Elaborar masa y freír churros, diseñar y coser un traje de flamenca, vender naranjas o tomates de Los Palacios, freír 'pescaíto', cortar jamón o servir una copa de anís o coñac cuando aún el sol no ha salido.

Son oficios de toda la vida que han pasado de generación en generación y que hoy tienen nuevos acentos ya que lo ejercen personas llegadas de otros países. Por casualidad, causalidad o por pasión aprendieron estos trabajos, se hicieron con sus secretos y han terminado haciéndolas suyas.

Así, las tradiciones se mantienen y perpetúan aunque las manos que las sustentan no son oriundas de aquí. Todos tienen un denominador común y es que en sus trabajos han encontrado, además de su sustento económico, una forma de integrarse, relacionarse con los vecinos y sentirse parte de la ciudad.

Un churrero senegalés

Seidou Ba llegó de Senegal siendo panadero. Nunca imaginó que, años después, acabaría encontrando en una masa de harina, agua y paciencia una nueva profesión y, sobre todo, una nueva forma de hacerse un hueco en el mundo laboral de Dos Hermanas. Desde hace algo más de un año es churrero y está al frente de su propia churrería-freiduría 'La pescadera'.

Tenía otro trabajo, de noche, pero decidió cambiar el rumbo y apostar por un negocio que comenzara el día sirviendo desayunos. Con su mujer, Patro, natural de Dos Hermanas, se lanzó a un oficio que desconocía. No hubo escuela ni libros ni tutoriales de internet: aprendió con el método ensayo-error es decir, haciendo, probando masas, friendo y corrigiendo errores. Como explica su mujer, «es muy mijita y repite las masas las veces que haga falta pero si algo no le gusta, no lo fríe».

Es meticuloso y exigente consigo mismo. Y convencido afirma que un buen churro empieza mucho antes de llegar al aceite.

Aparte de su especialidad con la rueda tiene otra, ha sabido ganarse a la clientela a la que define como «maravillosa»: «Me quieren mucho y me encanta decir que soy el primer churrero negro de Dos Hermanas, algo con lo que ellos se ríen». Esta frase resume la naturalidad con la que ha hecho suyo un oficio tan arraigado en el día a día nazareno.

Su carácter afable lo ha llevado a conectar con quien se acerca a su local de la avenida de Los Pirralos a desayunar o a llevarse los churros para comenzar bien el día.

Nunca pensó que sería churrero pero cuando lo felicitan y los clientes repiten confirma que tomó la decisión correcta y con la que mira al futuro: incorporar churros de patata y poder abrir algún día un local dedicado exclusivamente a sus churros.

Una uruguaya diseñadora de trajes de flamenca

Desde Urugay llegó Susana Sánchez y empezó a dedicarse a la costura. Un día le propusieron hacer un traje de flamenca, se lanzó y fue toda una experiencia. Como ella cuenta, «la moda flamenca ha sido todo un desafío en cuanto a patronaje y armado de los trajes y además, pone a prueba la creatividad. Yo no voy por un único estilo porque al trabajar la confección a medida tengo que hacer realidad la necesidad de cada clienta y lo que a ella les guste». El hecho de que sea un traje regional que cambia, respetando las raíces, le fascina. Reconoce que en épocas de ferias, en primavera, es cuando más demanda tiene aunque también, pero en menor medida, para las romerías, quizás por su estilo de trajes.

Volúmenes, volantes más grandes, encajes, tiras bordadas, terciopelos,… son algunas de las características de sus trajes y que son más acordes a ferias que a otro tipo de fiestas.

Estudiosa de este tipo de trajes se ha convertido en una enamorada del mismo, algo que se aprecia en la pasión que le pone a cada una de sus creaciones. Además, le encanta diseñarlos y confeccionarlos y después ver a las mujeres luciéndolos.

La clientela de Susana ha cruzado las fronteras nazarenas y de Sevilla, Málaga, Córdoba y hasta Madrid vienen a visitarla para que le diseñe un traje de flamenca.

Y aunque con acento latino nunca nadie ha dudado de su profesionalidad y maestría a la hora de estar detrás del traje regional.

El marroquí que corta jamón

El jamón es uno de los grandes manjares del sur de España y cortarlo se ha convertido en todo un arte. Cada vez son más los hosteleros, carniceros, charcuteros, …. Que se especializan en este oficio que antes sólo ejercían españoles y ahora ya personas de otras nacionalidades. Es el caso de Saad Marouf Akajja, un joven marroquí de apenas 20 años que, aunque estudia el grado superior de Integración Social, le ha atraído este mundo y se ha introducido en él.

Tiene una familia de acogida y uno de sus abuelos es cortador profesional de jamón y ganador de múltiples títulos –Cristo Muñoz-. «La verdad es que veía al abuelo cortar jamón y me fijaba mucho y como soy un manojo de nervios y me encanta aprender le dije un día que me enseñara», cuenta.

Hasta que no cumplió los 18 años, su maestro no lo dejó coger un cuchillo pero mientras iba mirando, fijándose y aprendiendo. Cuando empezó a practicar llegó un momento en el que el abuelo le dijo que se presentara a un concurso de amateurs. «Me sorprendió porque no me veía demasiado preparado pero lo hice y fíjate que gané premios: primer premio y premio al plato creativo», confiesa contento.

Los fines de semana trabaja en el bar familiar aunque allí corta poco jamón. Se dedica más a los eventos y en Navidad a ayudar a su abuelo. Y Saad tiene mérito ya que, por su religión, no prueba el jamón sin embargo vive en ese mundo.

Un rumano vendiendo tomates

Florin Voinea llegó de Rumanía a España hace 23 años y hace 16 decidió echar raíces en Dos Hermanas. Comenzó trabajando en el campo y después pasó por una frutería, donde descubrió que aquel mundo de frutas, verduras y hortalizas era mucho más que un trabajo: era su pasión. Así, y tras haber sido empleado de frutería durante unos años, montó su propio negocio, en la calle Santa María Magdalena, en pleno centro de la ciudad, donde continúa desde hace más de diez años.

Su secreto está en la combinación de experiencia, variedad y calidad. Cada madrugada, alrededor de las cuatro, se desplaza hasta Mercasevilla para seleccionar personalmente el género que quiere llevar a su establecimiento. Puede llegar a ofrecer hasta diez variedades de manzana, además de una amplia selección de lechugas y productos de temporada. «Me gusta traer lo mejor», resume una filosofía que su clientela reconoce.

Y a esta se lo debe todo. Si algo que Florin valora por encima de todo es la confianza que han depositado en él. Son clientes habituales con los que, después de tantos años, existe una relación que va mucho más allá de una compra: se intercambian recetas, consejos y hasta confidencias. «Son como mi segunda familia», asegura.

Su mujer, Manuela Botea, también rumana, le acompaña y ayuda en la tienda. Juntos han construido una vida en Dos Hermanas, una ciudad en la que se sienten plenamente integrados y de cuyas tradiciones ya se consideran parte. Les gustan especialmente la Semana Santa y la Romería de Valme y son una familia nazarena más con sus dos hijos, David y Pablo.

'Pescaíto frito' en manos de una colombiana

Cuando Yuliana Pineda llegó de Cali (Colombia) a España hace dos años, tenía claro que quería trabajar. Lo que nunca imaginó es que acabaría detrás de un mostrador ante unas freidoras, aprendiendo uno de los oficios más reconocibles de Sevilla: preparar el tradicional 'pescaíto frito'.

Hace aproximadamente un año le ofrecieron trabajar en una freiduría. Empezó limpiando pescado y observando atentamente cómo sus compañeros lo preparaban. Afirma que la fritura sevillana es completamente diferente a la que conocía y poco a poco se atrevió con la freidora.

«Al principio me daba miedo», reconoce. Temía que el pescado quedara demasiado hecho o, por el contrario, crudo. Pronto descubrió que freír bien no consiste en contar segundos sino más bien en tener buen ojo: estar pendiente del pescado, de su aspecto y de cómo va quedando. Ahora asegura que ya le ha cogido el ritmo, disfruta con su trabajo y ya lo siente como propio.

Chocos, adobo y boquerones son algunos de los productos que más salen de la freidora. Y lo que más le gusta es escuchar que el pescado está bueno y comprobar que quienes lo prueban vuelven.

Un paraguayo despachando anís

La historia de Gustavo Marín Benítez es curiosa ya que estudió Informática en Paraguay y alló ejercía como tal. Sin embargo, su vida cambió al llegar a España y dejó de estar detrás de una pantalla para estar detrás de la barra de un bar, recuperando casi sin darse cuenta una de esas estampas que forman parte de la memoria de los pueblos: la del café tempranero acompañado, en invierno, de una copita de anís o de coñac antes de comenzar la jornada.

A las seis de la mañana, cuando buena parte de la ciudad todavía duerme, Gustavo ya está al frente del bar Agustín, preparando cafés y atendiendo a los primeros clientes. El oficio lo aprendió de su hermano y, con el paso del tiempo, se ha convertido en todo un experto en ese ritual de primera hora. Los primeros en llegar suelen ser trabajadores del campo. Especialmente en los meses de frío, algunos comienzan la mañana con una copa de anís o coñac y después el tradicional cafelito.

Después llegan los trabajadores de oficinas, comercios y otros sectores que hacen una parada antes de entrar a trabajar.

Gustavo, que nunca imaginó este devenir profesional ha hecho suyo un oficio tan sencillo como cotidiano: servir un buen café, conocer a sus clientes y mantener viva una costumbre que forma parte de la cultura de los bares nazarenos y andaluces.

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