Virtuosismo, tradición y emoción en el próximo concierto de La Filarmónica el 25 de febrero

El próximo 25 de febrero, la temporada de La Filarmónica ofrecerá en el Auditorio Nacional de Música una de las citas más destacadas de su programación. La Sala Sinfónica acogerá un concierto que reunirá tradición centroeuropea, virtuosismo solista y repertorio emblemático bajo la dirección y participación del maestro Pinchas Zukerman, al frente de la Sinfonia Varsovia que, además, mostrará por primera vez su maestría con el violín y la viola.
La velada se articulará en torno a un programa que recorrerá tres siglos de música, desde el Barroco hasta el Romanticismo, con una parada en el siglo XX polaco. El repertorio incluye Conciertos para dos violines de Bach, Orawa del polaco Wojciech Kilar, que será dirigida por el también polaco Jakub Haufa, la Sinfonía concertante para violín y viola de Mozart y la bellísima Sinfonía núm. 8 de Dvorák,
Una orquesta con sello europeo
Fundada en 1984 a partir de la Orquesta de Cámara Polaca, la Sinfonia Varsovia se ha consolidado como una de las formaciones más versátiles del panorama europeo. Con sede en Varsovia y una intensa actividad internacional, la orquesta ha actuado en escenarios como el Carnegie Hall de Nueva York o el Théâtre des Champs-Élysées de París, y ha colaborado con directores y solistas de referencia.
Su sonido se caracteriza por la flexibilidad estilística: precisión en el repertorio barroco, claridad estructural en el clasicismo y una riqueza tímbrica especialmente apreciable en el repertorio romántico centroeuropeo. Ese perfil encaja con un programa que exigirá tanto refinamiento de cámara como amplitud sinfónica.
Zukerman: dirección y protagonismo solista
Pinchas Zukerman asumirá un triple papel: director y solista de violín y viola. Reconocido internacionalmente por su trayectoria como violinista —discípulo de Isaac Stern y ganador del Concurso Leventritt en 1967—, Zukerman es también un experimentado director, especialmente en repertorio clásico y romántico. Es uno de los músicos más solicitados y versátiles de hoy en día.
En esta ocasión, además de dirigir, intervendrá como solista en la Sinfonía concertante en mi bemol mayor, K. 364 de Wolfgang Amadeus Mozart, una de las obras más sofisticadas del catálogo mozartiano. Escrita en 1779, la partitura plantea un diálogo constante entre violín y viola con la orquesta, combinando brillantez técnica y profundidad expresiva. La obra destaca por su segundo movimiento, de carácter introspectivo, considerado uno de los momentos más intensos del Mozart maduro.
Del contrapunto barroco a la energía del siglo XX
La velada titulada “La Concertante de Mozart”, se abrirá con el Concierto para dos violines en re menor, BWV 1043 de Johann Sebastian Bach, una pieza paradigmática del Barroco alemán. Escrita hacia 1730, la obra exige precisión en el entramado de contrapunto y una compenetración absoluta entre los solistas. Su estructura en tres movimientos alterna energía rítmica y lirismo contenido, especialmente en el célebre Largo central.
El programa incluirá también Orawa, del compositor polaco Wojciech Kilar, escrita en 1986. Inspirada en la región montañosa del mismo nombre, entre Polonia y Eslovaquia la partitura se construye a partir de células rítmicas repetitivas y un crescendo progresivo que genera una tensión acumulativa. Kilar, conocido también por sus bandas sonoras cinematográficas, –como la partitura gótica para Drácula de Coppola, o colaboraciones con Roman Polanski en La novena puerta (1999) y El pianista (2002)– despliega aquí un lenguaje directo y vibrante, en el que la cuerda adquiere un gran protagonismo.
El cierre romántico: Dvorák
La segunda parte culminará con la poderosa Sinfonía n.º 8 en sol mayor, op. 88 de Antonín Dvorák, compuesta en 1889. A diferencia del tono más dramático de su Novena Sinfonía, esta Octava se distingue por su luminosidad y su carácter expansivo. Dvorák integra melodías de inspiración popular y una orquestación colorista que evoca paisajes naturales y danzas bohemias. El cuarto movimiento, con su introducción de aire casi ceremonial y su desarrollo lleno de contrastes, exigirá a la orquesta potencia sonora y precisión rítmica, convirtiéndose en uno de los momentos culminantes de la noche.
El concierto del 25 de febrero se perfila así como una propuesta de alto nivel dentro de la temporada de La Filarmónica: una combinación de repertorio canónico, obra del siglo XX y presencia de una figura internacional como Zukerman. En un escenario con capacidad para más de 2.000 espectadores como la Sala Sinfónica del Auditorio Nacional, la cita aspira a convertirse en uno de los hitos de la temporada madrileña, con un programa que permitirá al público recorrer cuatro tradiciones musicales —alemana, austríaca, checa y polaca— en una sola velada.
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